“Mi pesadilla, ahora, es la gente que niega la amenaza nuclear que vivimos”

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perpetró contra la población de Hiroshima en agosto de 1945 y que junto a la bomba en Nagasaki mató a más de 200.000 civiles.

La escena de sol y aire que paladea en la biblioteca Roa Bastos de Casa América, donde se dispone a concienciar a los asistentes en un acto por el inmediato e imperioso desarme nuclear, contrasta con la que relata cuando cierra sus ojos y, tras la oscuridad de sus párpados, rememora el horror de la explosión que vivió a sus 13 años. Caos, procesiones de personas inocentes cubiertas de ceniza, con los ojos en las manos, con el pelo erizado, con la piel derretida… “La imagen más dura fue ver a mi hermana y mi sobrino pequeño de cuatro años totalmente desfigurados, irreconocibles, que no podían verme. Esto se quedó en mi mente. ¿Qué derecho tenemos de tratar así a los demás? No hay humanidad, ni dignidad. Los niños merecen un tratamiento más humano y eso también me da fuerza para seguir”, plantea como una verdad absoluta. 

Cuenta que esta pavorosa pesadilla del recuerdo es su gran aliento para luchar desde hace más de 70 años para que nadie, nunca, vuelva a vivir su experiencia. Llega lejos en su activismo, pero ansía más resultados. En 2017, la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares, de la que es miembro, recibió el premio Nobel de la Paz. Ella fue la encargada de leer el discurso de entrega del galardón por la concienciación colectiva sobre “las catastróficas consecuencias del uso de armas nucleares” y su liderazgo para conseguir su prohibición mediante un tratado internacional. “Fue un reconocimiento público, pero hay que seguir luchando”, señala. 

El tratado, aprobado en la ONU en 2017, entrará en vigor cuando 50 países lo ratifiquen, pero de momento solo lo han refrendado 35, ninguno de ellos una potencia nuclear, ni ningún país de la OTAN, y por ende, España. “España puede jugar un papel importante si se posiciona. Podría desmarcarse de lo que hacen el resto de los Estados y ser independiente, un ejemplo y un referente”, sugiere Thurlow, que pregunta curiosa si este periódico lo leen muchos políticos. “Deberían de señalarse por estar en el lado bueno de la historia”, desafía.

los que defienden las armas nucleares, da un respingo del asiento. “Les diría que despierten a la realidad, que dejen de soñar con matar a millones de personas. Es lo peor que los seres humanos pueden hacer. Respetemos cada vida humana y volquemos nuestra energía en cambiar el mundo”, exhorta soliviantada.

Unas 15.000 ojivas siguen en sus arsenales de las potencias nucleares en el mundo y solo un accidente ya podría ser devastador para la población que lo sufra o como detonante para un enfrentamiento mayor. “Yo he visto el horror de una bomba que era como un bebé, las de ahora son más destructivas. Me pregunto si la gente no sabe de lo que hablamos”, plantea esta hibakusha (superviviente de bombardeo) descreída total de la justificación de los países que defienden las armas nucleares como fuerza disuasoria de masacres aún peores.

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