La fiscalía acorrala a uno de los ‘reyes’ de la prostitución en Barcelona

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Fachada del edificio ubicado en la calle Bailèn 22, de Barcelona, ahora vacío y en alquiler. (Foto: JUAN BARBOSA)JUAN BARBOSA / EL PAÍS

Su alianza, ahora rota, agitó el mundo de la noche barcelonesa. Juan Balcells, rey oficioso de la prostitución en la ciudad —dirigió el polémico Bailén 22— y Carlos Caballero, empresario del ocio nocturno con conexiones políticas —gestionó el Teatro Principal— aunaron fuerzas en dos burdeles de lujo del Eixample que, según la fiscalía, les reportaron beneficios millonarios. El negocio acabó abruptamente en 2014, cuando los Mossos destaparon una estafa masiva a los clientes y una presunta trama de blanqueo de capitales. Balcells y Caballero, peleados ahora y enredados en mil querellas, están a la espera de juicio y acorralados por la fiscalía, que pide para cada uno de ellos casi 20 años de cárcel.

La historia de Bailèn 22, uno de los burdeles más célebres de Barcelona, es parte de la historia de la ciudad. Fue la joya de la corona del imperio de la prostitución erigido por Juan Balcells. Abrió sus puertas en 2000 con licencia de café-teatro, pero siempre fue lo que fue. Los vecinos que vivían cerca del número 22 de la calle de Bailèn —entre ellos, el exalcalde socialista Joan Clos— nunca lo quisieron y lanzaron una campaña de protestas por el ruido y las molestias. “Somnis interruptus”, se leía en las pancartas colgadas de los balcones. Lograron su propósito en 2007, cuando una redada de la Policía por proxenetismo culminó con la detención de Balcells y el cierre del local.

El final de Bailèn 22 como prostíbulo fue el inicio de sus otras vidas, casi todas efímeras. Ha conocido mil nombres y propuestas de negocio —Lotus Theatre, Mawal, Gauss, Parisien—, pero el que gozó de una vida más longeva fue Cabaret Berlín, impulsado por un empresario entonces en auge: Carlos Caballero. Según fuentes conocedoras de esas negociaciones, aquel local fue el nexo que unió a dos de los apellidos con más pegada en la noche barcelonesa. Ambos pasarían a colaborar, siempre según el relato de la fiscalía, como “socios” en el lucrativo negocio del sexo de pago. El local está ahora cerrado y en alquiler.

Los dos burdeles, en el Eixample, recibieron nombres más bien previsibles: Fuego y Night Beach. El momento era idóneo: en 2009, una juez había ordenado el cierre de los macroburdeles de lujo Riviera y Saratoga (en Castelldefels) por una trama de corrupción policial. Sin esa competencia, Fuego y Night Beach podían convertirse en espacios de referencia para hombres con alto poder adquisitivo. Funcionó: los dos locales “generaban entre 1 y 1,5 millones de euros al mes”, según el escrito de acusación de la fiscalía al que ha accedido EL PAÍS.

Una trabajadora que declaró como testigo protegido dio a los Mossos la primera pista de lo que, más allá de lo obvio, ocurría en los burdeles: las mamis —encargadas de limpiar las habitaciones y supervisar a las prostitutas— y un grupo de mujeres rumanas conocidas como “Las Diablas” desplumaban cada noche a los clientes, especialmente a turistas. Según la fiscalía, espiaban el código PIN de sus tarjetas cuando iban a pagar, introducían algún tipo de droga (cocaína, heroína, MDMA) en sus bebidas y después usaban las tarjetas para cerrar transacciones millonarias. Uno de los clientes afectados vio cómo entre la medianoche y las siete de la mañana desaparecieron 43.000 euros de sus ahorros. La red hacía pasar los cargos con las tarjetas como si fueran compras en locales de ocio y restauración o bien préstamos. La estafa asciende, según la fiscalía, a 438.000 euros.

La fiscalía ha concluido que la estafa se ejecutaba con el “conocimiento y consentimiento” de Balcells y Caballero. Les considera líderes de una trama formada por 23 personas —familiares y prostitutas de confianza; un testaferro, un contable, un administrativo, un traficante y hasta un técnico especialista en datáfonos— que se sentarán en el banquillo de los acusados. La fiscal pide 18 años y tres meses de cárcel para Balcells y 17 años y medio para Caballero. Les acusa de los mismos delitos: grupo criminal, tráfico de drogas, estafa, blanqueo de capitales y tenencia ilícita de armas.

Ni Balcells ni Caballero responderán por un delito de proxenetismo pese a que la fiscal describe con precisión la mecánica del negocio: el 60% del servicio se lo llevaba la chica; el resto iba a parar a los jefes, que a través de sus empleados de confianza “controlaban y restringían la libertad de movimientos” de las trabajadoras sexuales.

Tras siete años de instrucción, la fiscalía concluye que Balcells y Caballero utilizaron hasta 40 empresas distintas para “enmascarar” los beneficios de los burdeles, que contaban con pisos cercanos cuando había demasiados clientes. Como el Cielo: de día ofrecía techo a una pareja que daba espectáculos pornográficos; de noche, se transformaba en meublé.

El escrito describe a Caballero como un empresario “con gran poder” y con “contactos en los estamentos políticos, empresariales y policiales”. Sus tratos con agentes de la Guardia Urbana que alertaban de redadas obligó a abrir una pieza separada y ha culminado con una sentencia de conformidad con penas mínimas. En cuanto a Balcells, fuentes cercanas a la defensa subrayan que se encuentra “en muy mal estado de salud”.

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