Agua antigua de cisterna

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En 1995 se trajo a Mallorca agua del río Ebro, en barcos, con tanques repintados que degradaron el líquido.MIGUEL MASSUTI

Sin duda, el agua de naturaleza celestial, la segunda lluvia que se recoge en la cisterna, reposa en la oscuridad y los silencios, es invencible. Casi es la nada que refresca y complace, un sabor neutral, fino, sin par en la boca y en su transcurrir lento por los rincones del cuerpo.

Beber este líquido privado, fresco, al pie de esa fuente, en la mesa cercana, o a 40 kilómetros, es normal, natural y sostenible. Un placer que remite a costumbres y fidelidades directas. Esa rutina tan preciada arrastra fugaces recuerdos de saciar la sed, tras los juegos de la infancia, la merienda con pan-pan y, también, el vaso cubierto con una paño bordado ante ancianos o enfermos.

Una cisterna evoca las generaciones de manos que la cuidaron para mantener el inevitable combustible de la necesidad. Es un recurso de minorías por el declive demográfico y el descuido de la tradición práctica.

Las personas reponen su naturaleza, vencen su sed y atienden el paladar con las reservas antiguas de las cisternas, reservas particulares, agua propia, apreciada y valorada. Esa sí es natural, sin rastro de sales minerales, durezas, filtrajes artificiales y añadidos invisibles.

Las mismas lluvias que nutren las mínimas cisternas se infiltran en la tierra insular, entre las grietas y rocas del subsuelo, abren microríos profundos, invisibles. Las llamadas venas que forman acuíferos de los que se extrae el agua para regar o embotellar, y que han bautizado como mineral. El agua de pozo perforado —o microembalse— es la que fluye hasta el abastecimiento urbano, con controles y agregados.

Agua de lluvia, de corriola ( polea), de fuente, del cielo, es la del depósito individual casero. Era la primera dependencia de la casa: antes que los cimientos, se excavaba el recipiente en la tierra o la roca. Esa agua capturada debía ser extraída a pulso, con una cadena fina y un cubo metálico, de zinc, con un agujero en su fondo. El cubo usado gotea o chorrea durante unos minutos, una sonata de frescor, la ex lluvia que da vida a la reserva ancestral.

Esa sustancia caída de las nubes al vientre viejo y oscuro da enorme valor a muchas de las casas conservadas tal cual, con los tejados, terrados y canalizaciones cuidados, limpios. Una vez al año, tras un temporal, el agua es mínimamente tratada y analizada. Se cuenta que se lanzaba una anguila a la cisterna para vigilar posibles larvas de intrusos. Se explican apariciones de ejemplares gigantes, ciegos, al vaciar y limpiar el depósito.

En la cocina familiar, la cisterna, su agua, era o es necesidad manifiesta desde el biberón y el café hasta el último sorbo para calmar la sed de quien se va sin querer. Guisos, legumbres, caldos, arroces e infusiones no saben bien sin la madre agua.

El agua cae del cielo y entra para quedarse en las casas —con cisterna— con un rumor agradable, noticioso, pero que no atiende al dictado del deseo. El ruido del agua contra agua es alegría en el sur. La lluvia moderada o intensa, constante, sorprende escasos días al año en las islas secas. Los recursos hídricos surgen de las precipitaciones o sale del mar con la fábrica de agua artificial.

El murmullo de la lluvia al precipitarse para reposar y llenar el vientre bajo de las casas es —era— amable porque relaja y conforta las necesidades domésticas de los habitantes. Se trata de un eco del dispar caudal de agua de lluvia recogida en la alturas de la casa, entre tejas o suelo blanqueado, precipitándose a chorro en las reservas de la cisterna.

En los pueblos, toda vivienda se alzaba por lógica necesidad sobre un depósito que recogía el agua de boca. La existencia insular se organizó alrededor de las fuentes, las poblaciones subsistieron contra la escasez de agua, el hambre y las pestes.

El aprecio del agua de cisterna fue evidente con un trasiego masivo urbano-rural en la segunda mitad del siglo XX. Los domingos, al atardecer, al retornar las familias a su domicilio en Palma desde sus casas familiares en los pueblos, de los coches salían bidones de agua de cisterna, agua buena, para cocinar, lavarse la cara, los dientes y el cabello. También llegaban guisos y congelados maternos para el menú infantil y familiar, provisiones.

En tiempos de sequía y catástrofe de gestión, el agua de grifo era dura, con cal y casi salobre. El fondo de las ollas y las cafeteras era destrozado por la cal del caudal del suministro municipal. En 1995 se trajo a Mallorca agua del río Ebro, en barcos, con tanques repintados que degradaron el líquido. El primer cargamento se echó al mar. Luego llegaron las desaladoras y su agua rara.

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